
Su trabajo en el observatorio consistía en buscar estrellas variables en placas fotográficas de los cielos australes. Dicho en pocas palabras, descubrió 2.400 estrellas variables. Las más importantes fueron las variables cefeidas, supergigantes amarillas que se encienden deprisa y se apagan poco a poco.
Antes que estudiar las estrellas desperdigadas por toda la Vía Lactea, Leavitt se concentró en las cefeidas de la Pequeña Nube de Magallanes, la irregular galaxia que acompaña a la Vía Láctea. Está tan lejos —a unos 200.000 años luz— que todas las estrellas que hay allí pueden considerarse a la misma distancia de la Tierra, exactamente igual que, para quien está en Tacoma, todo el que hay en París puede considerarse a la misma distancia. En el caso de las estrellas básicamente a la misma distancia, las diferencias visibles de brillo se vuelven reales; las estrellas que parecen más brillantes son más brillantes.
Al ir colocando todas las cefeidas en una carta, Leavitt descubrió algo sorprendentemente útil: cuanto más brillante era la estrella, más lenta era la velocidad a la que variaba. Las cefeidas relativamente tenues —estrellas un centenar de veces más brillantes que el Sol— pulsan deprisa, contrayéndose y expansionándose en el curso de un día o dos. Las cefeidas medianas disminuyen de la máxima magnitud y la recuperan en alrededor de cinco días. Las cefeidas brillantes, que resplandecen con la luminosidad de 10.000 soles, tienen un periodo que dura hasta cincuenta y cuatro días.
Así que, si los astrónomos conocían la longitud del ciclo de una cefeida, podían calcular su brillo intrínseco y, comparando lo brillantes que parecían con lo brillantes que se sabía que eran, era posible calcular su distancia.
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